Es éste el momento en que se recogen las cosas y la pululación del tiempo interrumpe el ritmo de la respiración. Es éste el momento en que si recostamos la cabeza a un costado del asiento el peso de la memoria y del desconsuelo nos convertirían en aborrecibles sabios.
En éste el momento en que la hoja amarilla que rueda hasta nuestros pies se convierte en un claro presagio, en una decordosa (tenebrosa) metáfora, en un sistema filosófico cuya desgarradora nitidez, si intentáramos interpretarla, aniquilaría toda la unútil y enrevesada verborrea de los filósofos que nos precedieron.
Es éste el momento en que la huella de una pisada en la arena, o el breve sendero luminoso que se pierde en el mar, echan por tierra todos los libros escritos y por escribir.
Es éste el momento de las confrontaciones.
El sobrecogedor, exclusive momento en que a nosotros vuelven, golpeándonos, las dos más implacables e ineludibles interrogaciones:
Se va
a una de esas dehesas del agro
(de donde no se regresa)
al borde de una represa
donde el magro y agrio congreso
de ogresas presas se alegra
y celebra el milagro y el logro
de inventar un negro ogro
de imponente piragua tiesa.
Mas se va
finalmente al confín de todas las pifias
al gran prostíbulo sumergido donde
aún farfulla un fonógrafo su
fofa filantropía y una
mefítica, afónica y
antifotogénica
nos ofrece
pifando
la ofrenda
de su
furio-
sa fi-
so-
no
mí-
a
Ae, ae.
Alguien canta.
Ae, ae.
¿Alguien canta?
¿Y las vastas y serenas aguas fluyendo? ¿Y los parajes solitarios donde un pino incendiado anuncia el acompasado estruendo de la noche? ¿Y el paseo en calma por la despoblada costa donde el mar consuela?...
Jamás podré relater esos estados de quietud. Jamás podría relacionar pacíficamente esa belleza sin traicionarme. Jamás podré enumerar los diferentes colores del crepúsculo sin que en mis palabras no encuentre latiendo el desequilibrio de una angustia que llega quién sabe de dónde…
¿Y el resplandor de la noche sobre la arena? ¿Y las luces intermitentes que pudieron haber sido fuegos lejanos y no señales de vigilancia?...
そして砂の上、夜の輝きは?そして点滅する光、たぶんあれは遠くの火事、警備の信号ではない?...
Pero, mira, tú también te elevarás un poco y oirás el lamento de todos los que han sido aniquilados solo por desear lo que tú deseas, solo por concebir lo que tú ya ni siquiera te atreves a mencionar.
Te elevarás un tanto, óyeme bien, y oirás el perpetuo lamento de los que parecen siempre por heberse permitido soñar, imaginar, inventar; ser libros...
¿Entonces? ¿Podré hablar del claro de luna y barca fluyendo hacia parajes resplandecientes? ¿Podría adorner con hermosas, piadosas calumnias, lo que no es más que un círculo de gemidos deshaciéndonos?
17
zorzales planeaban
fornicando sobre el mar
y un ave (dicen que del paraíso pues traía puesta una «Manhattan») engulléndose los ojos se masturba con la mano de dios.
Dios, dijieron los totises apuñaleando una bandera al son de coro de primos nuertos que sin haber sido anunciados por el cojo prestidigitador de largas barbas (pero calvo) cayeron sobre el sitio.
Gracias a la venta clandestina de las maderas del convento, Clara Mortera les reparte qesto a las ratas del hueco – sus colas ya le producen espasmos --. Ocho gorriones se arrullan a dentelladas entre las hojas que después de garabateadas hubieron de ser escondidas bajo el tejado (todo fue inútil).
Maltheathus, el más codiciado de cantos bugarrones fueron a La Concha, acceptó, finalmente, las ofertas de Coco Canijo, quien, al recibir la grande y negra obra, hiriró con su fina voz de contralto el perfil de una dama enjaezada con collares de contrabando – todos dicen que se trataba de Marta Arjona --.