Todo se sabe antes que suceda, todo se anuncia
antes de acontecer,
así, la víctima no se encuentra inesperadamente
con el cuchillo, lo trae siempre bajo el brazo;
y hasta el mismo terror perece pulverizado bajo el minucioso
cuchicheo en los patios entrelazados por un mismo sol de fuego
y esa frustración (ese cansancio)
se
cu
lar.
¿No ves tus manos largas?: es un cretino.
¿No ves su cara pálida y larga? Es un comemierda.
Mira esa forma de caminar: es un guajiro imbécil.
Ah, fíjate cómo baja la vista y encoge los hombros: es un maricón rezagado.
las tías,
en la casa los primos,
en la casa las antiguas bestias ataviadas de domingo,
el grito de las mujeres insatisfechas,
abuelo y abuela que nunca se enferman, abriéndose la espalda
de un hachazo. Y esa sensación de perenne hastío,
reservada para ti,
(aguardándote)
en los minúsculos montículos de aserrín
que tus manos desploman
al depositarse inconscientes en el marco
de la ventana
que no da a ningún sitio
(calladamente buscándote, inventándote).
Los primos formidables exhiben ya sus imponentes
ejemplares filofálicos:
Mujeres de culos prominentes,
mujeres de labios que se explayan como ventosas en
perenne apogeo.
Y los primos formidables.
Todos llegan y te rodean.
(he aquí la música).
Hay una vaca perdida, pero hoy no la recojo.
Hoy ve y baila.
Hoy ve y mira.
Hoy ve y padece.
Detrás de la arboleda,
los muslos que se abren.
Y ellos maniobrando.
木立の後ろで、
開かれる太もも。
そして男たちが操っている。
Ellos ágiles y seguros,
triunfantes,
taladrando.
La
gran
cena.
器用で確実な、
勝利者、
穴を押し開けながら。
すばら
しい
宴会
Ellos manipulando debajo de la mesa (tú, bebiendo)
La gran
cena.
Ellos soltando la carcajada y bufando de gozo (tú,
engullendo).
La gran cena.
Ellas cloqueando, rompiendo platos y danzando (tú,
huyendo).
(Los mayales te ofrecen su burlona, invariable acogida.)
Avance de la R
y él escuchando el rumor
de los suicidas furtivos
que hacen alardes de sus
resoluciones inconclusas
de sus postergadas resoluciones
— torpes, injustificadas poster-
gaciones --.
Disparos
y él contemplando el trajinar
de las alimañas felices.
Mueres de hambre como otros mueren
de miedo o de heroísmo, o de un
cólico nefrítico: inútilmente.
Avance de la R
y cartas de la madre
típicas cartas madriles
típicas cartas de una pobre campesina
torpe amorosa
y sola
que después de trabajar 12 horas
en una factoría de la
Florida (¡Vaya! ¿Pero no me decían
que cuidaba muchachos ajenos?)
todavía tiene el corage de escribir:
querido hijo…
Quién nos consuela entonces
Quién se rasca una oreja y protege al hijo
de la intemperie callejera
de las palabras lascivas
dichas en tono codicioso (ah, cómo atraen).
Quién te protege de tanta protección maléfica
Quién contra los orinales
Quién contra los primos
Quién contra el aguacero tras la ventana
Quién contra las conversaciones de las mujeres insatisfechas
Quién contra las novelas radiales y los paños ensangrentados
Quién contra la mesa encabezada por una vieja maldiciente
Quién contra la casa dirigida por bollos clausurados
Quién contra la demasiada cháchara
Quién contra la demasiada costura
Quién contra el exceso de cartas amantes y tontas
Quién contra la máquina de coser
Quién contra los juegos de las mujeres púdicas
Quién contra ese olor
Quién contra los novios de las primas
Quién contra la prima que te exprime
Quién suprime a la prima
Quién contra el sudor secreto
Quién contra tanto blanco, blanco,
blanco.
-- Sí señor. No le crean ni una palabra.
-- Pero eso sí es verdad – dice la odiada tía --, y luego de la muerte de
su madre (mejor dicho, después que la mató, pues la mató de tristeza)
vino para nuestra casa, a descansar. Mejor dicho, desde antes, estaba
aquí casi siempre, dormía, comía todos los días. ¡Aquí! Los otras putas
nunca se ocuparon de él. Eso sí hay que decirlo ¡Y también!...
Al salir
a la superficie, lejos de la costa,
al mirar esta agua que se alejan fluyendo,
al mirar esos cuerpos lejanos que parecen parpadear
bajo el sol,
¿Ha llegado ya el momento?
Bocarriba,
las aguas que parecían amarillas te arrastran y
siguen,
un sitio inundado, una región sonara y hueca.
¿Es que no puedes vivir sin la palabra?
Cuando estallan los murciélagos en la aturdida imaginación
de la amante,
Cuando escuchas el histérico, acompasado resonar,
de un millón de criaturas que se asfixian, esclavizadas
y embrutecidas:
¿A quién amas?
¿En quién confías?
¿A quién esperas?
Contra el estallido de septiembre y los 11 infiernos restantes,
contra la costa acorazad y el mar que ya sólo despliega
la ofensa de una nueva fanfarria:
¿A quién amas? ¿En quién confías?
¿A quién esperas?
Contra el estruendo de los tenedores
y las jornadas forzadas y obligatorias en la agricultura,
el calor, la guataca atasca, un himno que debes entonar
diciendo que eres dichoso, absolutamente libre:
¿A quién amas? ¿En quién confías?
¿A quién esperas?
Contra el tenso cuerpo del adlescente que extiende
su brillante insolencia al sol – Ahí, ahí, ahí está --,
contra los gestos procaces de los muchachos
trazados con indolente (terrible) inocencia.
Contra la grosería de la camarera y las croquetas semihervidas,
debes hacer día a día,
contra las mil palabras inútiles que obligatoriamente
debes pronunciar día a día,
¿A quién amas?
¿En quién confías?
¿A quién esperas?
Contra los oropeles de un pasado bochornoso
bajo el cual se escuda el bochornoso presente,
contra los basureros de medallas
que amurallan el futuro.
contra la falta de agua y fe.
Contra la certera posibilidad de que te fusilen
si llegas a estampar tus pensamientos,
contra la posibilidad que desaparezcas (y todos con-
tigo) en esta tierra que te maldice y excluye,
o contra la posibilidad de que te nombren obrero de
avanzada, trabajador emérito, héroe, candidato al partido,
joven ejemplar selecto para visitar las tumbas amigas de ultramar:
¿A quién amas?
¿En quién confías?
¿A quién esperas?
Contra el orgullo frustrado, contra la perpetua cobardía,
contra la soledad del exilio, contra la posiblilidad de que
te reduzcan la celda; ah, contra la lejana dignidad, contra
la remota rebeldía,
y contra los terrores permanentes contra los cuales no
hay posibilidades de rebeldía ni pacto,
el escozor en la espalda,
la caída del pelo,
la tarde que de nuevo llega y se alarga
estampando de paso otro vestigio de cansancio en tu rostro;
ah, contra la soledad y las ambiciones imposibles,
contra la tarde que se desprende,
contra la vida que se desprende,
contra ese batir y volver a batir de las aguas,
y contra las miradas lúbricas y soslayadas de las mujeres
que te desean, y
(otra vez),
el joven de larga camisa blanca que aspira a desqui-
ciarte:
¿Con qué te proteges?
¿Cómo te proteges?
¿Qué haces para protegerte?
Contra la pintura bajo las pestañas de la que nos sirve
el agua (cuando habíamos terminado de comer).
Contra la risa de la vecina y su indestructible parloteo.
Contra el agrio rostro del maricón militante.
Contra la despoblada memoria y la avidez de la imaginación,
ah, contra el rechazo y las solicitudes.
¿Qué íntimo, único terror, exclusivo, tuyo,
secreto, no transferible, te sostiene?
Contra el primer cuerpo
destrozado por la metralla (y la justicia revolucionaria),
¿Qué altas ideas o qué resentimientos
inmunizan tu mirada?